Por un breve (y sin embargo, insoportablemente largo) período de tiempo, aún pudo verse la náusea en sus ojos, el dolor de la mente atrapada entre las marañas de tejido nervioso; rezagos centelleantes de electricidad neural iluminaban esporádicamente sus pupilas, como los rugidos de una bestia enjaulada, como su cerebro golpeándose con desesperación contra las paredes de su cráneo.
Pero su silencioso grito neural también se extinguió, y la piel empezó a devorar los bordes de ese insondable abismo ocular que antes fueran sus ojos, inundando las órbitas, como antes se había extendido sobre la boca, la nariz y los oídos.
Hasta que una tarde, cuando creíamos que todo había terminado, cuando esperábamos (Por su propio bien, y por el bien de nuestra maltratada cordura) que ya no hubiera vida al interior de esa criatura sin rostro; la piel empezó a cerrarse alrededor del cuello, se cerró con violencia, como un animal hambriento sobre una presa largamente anhelada, estrangulando, retorciendo cada centímetro de carne y hueso, mientras la cabeza se agitaba con desesperación, intentando (inútilmente) defenderse, mientras un sonido de carne devorando cartílago y hueso acompañaba sus espasmos; cerramos la puerta y nos dispusimos a tomar el té de las seis oyendo el decreciente ruido de sus últimos estertores.
Al anochecer, la cabeza (o ese rezago irreconocible de la misma) cedió por completo y golpeó el suelo con un sonido húmedo y viscoso, un ruido de carne y huesos triturados; todo lo que alguna vez fuera, yacía ahora en una amorfa bolsa de piel.
El cuerpo se había rebelado contra el ser y lo había expulsado de sí mismo, sin contemplación alguna para con la biología, lo legal, las buenas costumbres, lo posible o la realidad.
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